Ampuero G. cumplirá
ochenta años. Me hace entrar en el fogón de su pequeña cabaña, a orillas
del canal de Beagle, a unos diez kilómetros al este de Ushuaia, en plena
soledad; trabaja como cuidador de la estancia. Y tomando mate, hablamos
de la Patagonia.
Una familia de 12 hijos – 8 niños y cuatro nietos- cerca de Ancud, en la
isla Grande de Chiloé : la tierra es demasiado pequeña, evidentemente.
El padre trabaja ya por temporada en la sección hielo del Frigorífico en
Punta Arenas, a mas de mil kilómetros al sur.
Ampuero G. cumplirá ochenta años. Me hace entrar en el fogón de su
pequeña cabaña, a orillas del canal de Beagle, a unos diez kilómetros al
este de Ushuaia, en plena soledad; trabaja como cuidador de la estancia.
Y tomando mate, hablamos de la Patagonia.
Una familia de 12 hijos – 8 niños y cuatro nietos- cerca de Ancud, en la
isla Grande de Chiloé : la tierra es demasiado pequeña, evidentemente.
El padre trabaja ya por temporada en la sección hielo del Frigorífico en
Punta Arenas, a mas de mil kilómetros al sur.
El hijo mayor se va a los veinte años, y
Ampuero lo acompaña al cumplir los 18, en 1928: como cada primavera, 400
temporeros se apretujan en el barco de la linea que los lleva en tres
días de Castro, en la Isla Grande, a Punta Arenas. En su primer viaje a
la Patagonia, Ampuero no es más que un peón común y silvestre, según su
pintoresco lenguaje. La estancia es argentina, el capataz… neozelandés.
Servicio militar del lado chileno, en Punta Arenas, en 1929; luego es
tomado como temporero en el Frigorífico de Puerto Natales a 200
kilómetros al norte; continua así en una estancia situada “hacia
arriba”, es decir hacia el norte, “ por el recorrido no más, uno tiene
aspiraciones para conocer”. Luego pasa a la Argentina, y de estancia en
estancia, sube de jerarquía, se vuelve campanista – el que va por las
mañanas a juntar los caballos para los peones-, vuelve al sur por la
costa atlántica – “costeando por abajo”- para ir a trabajar en las
explotaciones auríferas, hallar un puesto de enfardador; de “marcador”
de ovejas o de castrador a diente.
Este laborioso trayecto, lleno de disputas con patrones y capataces, de
hastío por la tarea demasiado dura o demasiado monótona, de deseos
irrefrenables de ir a conocer a otros lados, “ hacia arriba”, “hacia
abajo” “del otro lado del alambre de púas”- es decir de la frontera-,
dura veinticinco años antes de volver a Chiloé por primera vez desde
1928. Pero la vida es demasiado ingrata allí, con demasiadas epidemias
de tizón, enfermedad que en los años demasiados húmedos arruina la única
producción agrícola comercializable de a isla: la papa; el peso “moneda
nacional” argentino se cotiza mejor que el peso chileno, y “la patria es
el lugar donde uno puede ganarse la vida”. Así pues, Ampuero vuelve a la
Patagonia argentina, de Ushuaia a Río Gallegos. Nuevo regreso a la isla
natal en 1972, quería “poblar”, instalarse en el suelo familiar y echar
raíces. Pero impulsado quizás por el deseo de vagabundear, o por no
haber tierra suficiente para cultivar, o fuerzas para desbrozar, pasados
los sesenta años invoca un diferendo conyugal y vuelve a irse a la
Argentina. Y como “ a esta altura del partido no se puede hacer
milagro”, helo aquí finalmente, después de haber tenido un puesto
ambulante en Ushuaia durante siete años, convertido en cuidador de esta
estancia fueguina. Un pequeño huerto de papas, las frutillas silvestres,
la carne de alguna oveja accidentada y las ramas caídas para leñas le
permiten vivir casi de manera autónoma, suelo de todo chiloe autentico,
a la espera de poder cobrar la magra pensión que desde el centenario de
Ushuaia, en 1984, se decidió acordar a los pobladores con más de
cuarenta años de residencia en Tierra del Fuego. En 1948 también trabajó
para la marina de guerra en Ushuaia
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CASI
TODOS VIENEN DE CHILOE |
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La patagonia está llena de hombres como
Ampuero, emigrantes chilotes cuyas vidas están repletas de episodios,
saltos, catástrofes evitadas o no, golpes de suerte y grandes y pequeñas
miserias: ellos “hicieron” la Patagonia, o ayudaron a hacerla de manera
tan decisiva, tan continua, que aquí se sienten en su casa; ésta es su
tierra, son sus dominios, y los recorren según lo necesiten o deseen. En
la actualidad los habitantes de Aisén, de Magallanes de las ciudades y
estancias argentinas pueden llamarse aiseinos, puntarenenses,
santacruceños… pero casi todos vienen de Chiloé, desde hace una, dos
tres generaciones o aún más, pues el primer contingentes de chilotes-
183 personas en 40 familias-, se embarcó en 1968 hacia Punta Arenas,
casi duplicando en ese momento la población de la ciudad que recién se
fundaba.
¿Cuántos vinieron, o cuántos permanecen en la Patagonia? Aquí las
estadísticas con sus imprecisiones, se tornan incomprensibles si no se
recurre a la psicología social y a la geopolitica. Al principio las
cifras sólo hablan de “chilenos”, los argentinos dicen “sólo chilenos”
para designar a los inmigrantes del vecino país, y los mismos chilotes
se presentan primero como chilenos; sin embargo, basta preguntar por el
origen de los interlocutores para que surjan todos los lugares de la
toponimia chilote, los Rilan, Taraí, Lemus, Ritoque, Quicavi, Mechuque,
etc.
Pero estos chilotes arraigados
aquí muchas veces los argentinos quieren recordar a pesar de todo y ante
todo, su condición de chilenos. Y si bien cada uno de los dos “países
hermanos” invoca a su vez a los chilenos más que a los chilotes, es
porque Chile está orgulloso de que sus nativos ratifiquen con esta
invasión pacifica el hecho de que la Patagonia es una, y que por ende…¡
Pero no reabramos el debate! Y lo mismo ocurre del lado opuesto, porque
la Argentina teme y denuncia, usando el mismo término simplificador, el
supuesto peligro de una chilenización, incluso involuntaria. “¡ CHILOTE
TENIA QUE SER!” entre la gente de las estancias la fórmula pretende dar
la clave inmediata de un comportamiento incomprensible o condenable. Sin
embargo, todo el mundo reconoce que los chilotes tienen cualidades de
trabajadores dóciles y competentes, “buena gente, simple y resistente” y
que “como buenos rotos chilenos, aun estando con las tripas afuera,
siempre dicen que están bien… |
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EL
CHILOTE ¿”viajero” a su pesar? |
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¿300.000, 400.000 ó 500.000? Las cifras
siempre fluctúan según los autores y la coyuntura política. De todas
maneras, ¿porqué son tantos los chilotes en la Patagonia? Aquí habría
que evocar esa especie de Irlanda de las antípodas que fue Chiloé: una
población prolífica, confinada a las orillas menos hostiles de una Isla
Grande casi totalmente ocupada por latifundios improductivos, población
que cultiva parcelas de papas siempre insuficientes, y que multiplica
los trabajos para sobrevivir en las tierras vecinas de los colonos
alemanes de Llanquihue, justo al norte, desde el siglo XIX; en los
cipresales, los bosques de cipreses del archipiélago de los Chonos, para
extraer las estacas de los viñedos del centro de Chile; o también en los
canales de la Patagonia occidental para recolectar caracoles para las
fábricas de conservas regionales ampliando aún más el espacio de sus
salidas temporales. De esta manera, el chilote es viajero, como el mismo
dice, por necesidad tanto o más que por gusto, y cuando el ganado
conquistó la estepa patagónica se transformó “providencialmente” –
dijeron entonces los que ven la armonía “natural” de las relaciones
entre el explotado y el explotador- en la mano de obra temporal que
necesitaban los estancieros.. Así se fue armando toda una compleja
organización de enganchadores o contratistas que empleaban a los
comparsas, esos equipos que cada primavera dejaban Chiloé para la
esquila, y algunos de cuyos miembros prolongaban, a veces
indefinidamente, su estadía lejos de Chiloé, enviando dinero a la
familia que había quedado en la isla, al principio regularmente; luego,
estos giros se espaciaban, el viajero se casaba otra vez en la Argentina
y no volvía nunca. Simbiosis perfecta, de algún modo, ya que en general
estos trabajadores nunca ganaban lo suficiente como para dejar de hacer
sus “temporadas” y si olvidamos que la isla, privada de sus mano de obra
masculina, apenas si podía proteger sus campos y pastos del siempre
amenazante renoval?, y así engendraba la emigración que la iba
debilitando.
Pero los chilotes hicieron funcionar la explotación ovina de la
Patagonia, desde el humilde lugar que les tocó. También se dispersaron
en las ciudades fueron portuarios, albañiles, trabajadores en las minas
argentinas de carbón de Río Turbio; también fueron constructores de
barcos, loberos (cazadores de lobos marinos y pescadores, hicieron todo
lo que se podía hacer en este territorio vacío, con sus manos como único
recurso. |
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Esta época ha terminado y todo parece
conspirar en este sentido.
La lana se vende mal, hay que deslastrar las pasturas demasiado
dañadas por la erosión y como en todo el mundo, “hay que achicar
gastos”; en lugar de peones a caballo aparecen pequeñas motos
todo-terreno que transportan a un hombre y dos perros, uno puntero que
hace ir más lento al rebaño cuando es preciso, el otro culatero, que
lo hace ir mas rápido. Además, en plena crisis económica, la Argentina
“produce” también en abundancia su propia mano de obra temporera, cada
vez reparando menos en las condiciones de trabajo que se le ofrece, y
así es como los mestizos de indios de las provincias del Norte
compiten en las estancias patagónicas con los esquiladores chilotes.
La grave tensión por el Beagle generada en 1978 detuvo de manera
tajante durante algunos años la migración proveniente de Chile.
Durante los ochenta, Chiloé se transformó rápidamente en un importante
lugar de la salmonicultura mundial y ofreció así , a su ejercito de
trabajadores en reserva, el empleo que ahora difícilmente se halla en
la Argentina. Por otra parte, durante cierto tiempo, el peso chileno
se cotizó mucho mejor que el inestable austral argentino.
¿Entonces los chilotes en la Patagonia son sólo una visión del pasado?
A pesar de las apariencias, la coyuntura económica actual es demasiado
inestable para poder hacer esta afirmación. Quizás nos demos cuenta un
día que exportar vía aérea el salmón fresco para adornar la mesa de
los países del norte, explotando la mano de obra chilote, no es una
realidad un ejemplo de “desarrollo sostenible”. De todas maneras, los
vínculos entre Chiloé y la Patagonia no se han roto. En todo el vasto
espacio que va desde el río Negro a Tierra del Fuego, la diáspora
chilote sigue pensando en la tierra abandonada, sigue soñando a veces
con el hipotético regreso a lo propio, esas hectáreas de tierra
raramente vendidas, confiadas a la familia o a un vecino.
Resta esta “cultura” patagónica que se forjó desde hace un siglo y que
mezcla, hasta Tierra del Fuego, los aportes tan contrastados del
chilote y del gaucho, el curanto” y el mate, el arte del marino y del
jinete, la tradición del desbrozador de su propio campo y la del
criador que galopa por la estepa. Quedan por fin esos ancianos que
guardan en sus memoria una parte irremplazable de la historia de la
Patagonia, y que habría que escuchar antes de que sea demasiado tarde,
con el mismo respeto que se tiene por los viejos libros.
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