| |
LEYENDA DE LA
FLOR DEL CALAFATE
Al
llegar la primavera los pajaritos retornaron a sus paraderos y se instalaron
nuevamente entre los matorrales que rodeaban el toldo. Al verlos, la anciana
se alegró mucho de volver a disfrutar su compañía. Como era bruja, sabía
entenderse con ellos y les preguntó por qué se habían alejado. Las aves le
respondieron que se marchaban porque si se quedaban allí se morirían de
hambre, pues en invierno, cuando la nieve todo lo cubre, no encontraban nada
para comer. Entonces la anciana les dijo que, si prometían no volver a
abandonarla, a su debido tiempo les mostraría un alimento que ellos no
conocían, pero que era muy abundante. Así fue como, al finalizar el verano y
cuando los pajaritos reunidos en bandadas comenzaban nuevamente a emigrar
-incluso los más precavidos ya se habían marchado- ella reunió a los que
quedaban y les mostró las azules bayas de que estaban llenas las ramas de
los calafates.
Tomando algunas en sus manos, las estrujó, y ofreció a los pajaritos las
jugosas semillas que todos comieron con avidez y sin ningún temor hasta
quedar ahitos. A partir de entonces, ninguno dc los que comieron esa fruta
pensó en emigrar; todos se quedaron entre los matorrales, a la espera de que
sus ramas volvieran a poblarse con las deliciosas bayas que les había
enseñado a comer la bruja india. Experimentaron tan intenso deseo de volver
a probar ese alimento que, desde entonces, y aun cuando la nieve alcanza a
cubrir totalmente los matorrales, puede comprobarse que los pajaritos siguen
revoloteando en su interior, confiando en que la generosidad del calafate
les recompensará con creces su sacrificio invernal, y que al finalizar el
verano volverán a banquetearse opíparamente con las sustanciosas bayas
azules que producen sus ramas.
Las aves que emigran. si bien no comen directamente la fruta buscándola en
las ramas de la planta, como ocurre con el chorlo, por ejemplo, tienen
sobrada ocasión de probar alguna de las que arrastra el viento, y por esta
razón los indios creían que quedaban embrujados y todos los indios volvían a
visitar la Patagonia. Las aves regionales que no emigran, como en el caso
del chingolo y la calandria, anualmente ratifican esta antiquísima leyenda,
pues cuando maduran las frutas, al finalizar el verano, todas -con excepción
de las carroñeras-, incluso el gigantesco ñandú, lucen sus picos teñidos de
intenso y llamativo color azul.
|